Salud

¿Para qué quiere mi ADN?

16-IV-2007. Desde la sospecha del posible origen genético de una enfermedad al descubrimiento de la mutación de un gen, con su consiguiente publicación, media todo un complejo proceso científico

Ocurrió en el valle del Urola. Era demasiado sospechoso que varios miembros de cuatro familias relacionadas entre sí padecieran un tipo característico de Parkinson. Finalizaban los años setenta y el doctor José Félix Martí Massó, neurólogo del entonces Hospital Nuestra Señora de Aránzazu de San Sebastián, comenzó a sospechar que aquella proliferación de casos no podía ser fruto del azar, sino que necesariamente tenía que mediar un componente hereditario. Pero poco más que alimentar una sospecha podía hacer entonces el actual jefe del servicio de Neurología del ahora Hospital Donostia. Tuvo que esperar a la década de los noventa, cuando se abrió la posibilidad de abordar el estudio molecular, para que se pudiera confirmar su tesis.

En efecto, la investigación descubrió que varios miembros de esas familias presentaban una mutación en un gen, la misma mutación que originaba la enfermedad, y así fue posible identificar la ya famosa Dardarina, proteína responsable de esta modalidad de Parkinson hereditario. Un proceso semejante siguió la detección de otro gen, la Epitempina, causa de un tipo característico de epilepsia. Ambos descubrimientos se cuentan entre los resultados más brillantes de la investigación desarrollada en el Hospital Donostia, una labor que, además, constituye uno de los pilares más firmes del futuro banco vasco de ADN. Un tercio del fondo fundacional de este banco estará integrado por las más de 5.000 muestras recogidas y guardadas desde hace una década por los neurólogos del Hospital Donostia.

Pero nada de esto sería posible sin la colaboración voluntaria y desinteresada de los enfermos a quienes se les pide una muestra de su sangre para obtener el ADN e iniciar así un estudio de las posibles causas genéticas de su patología.

¿Una causa hereditaria?


Es un proceso que se inicia, lógicamente, desde la sospecha del facultativo. Desde esa presunción, el objetivo puede ser doble: por un lado se trataría de localizar la mutación de un gen ya conocido y el estudio se dirigiría directamente a informar a la familia de su predisposición a padecer una determinada enfermedad. Pero, por otro lado, si la mutación del gen no es conocida, el objetivo ha de volcarse en la identificación de esa anomalía y el proceso, más que asistencial, se convierte en un reto de investigación.

Pero antes de que se llegue a fijar los objetivos, el médico debe consolidar esa sospecha a pie de cama del enfermo. El primer paso supone la elaboración de una historia clínica, según explica el neurólogo e investigador del Hospital Donostia, Adolfo López de Munain, quien en adelante ejercerá de cicerone por este recorrido científico. «A ese tipo de paciente se le pregunta por los antecedentes familiares en relación con la enfermedad». Y aquí comienzan los obstáculos, «porque existen numerosas patologías hereditarias que no se han llegado a desarrollar en los antecesores».

A la caza de la anomalía


Imaginemos que el facultativo se halla ante la anomalía de un gen no conocido y, por tanto, se le abre así la posibilidad de realizar una contribución a la ciencia. Pues bien, lo primero es el consentimiento del enfermo. «¿Para qué quiere mi ADN?», preguntará, sorprendido, el paciente.

El médico tiene entonces que explicarle los objetivos del estudio y los riesgos, si los hubiera -que generalmente no los hay-; tiene que dejarle claro que su aportación es totalmente voluntaria; que los análisis genéticos serán rigurosamente confidenciales; que se volcarán en una base informática, con las pertinentes cautelas que impone la ley, y le transmitirá también que está en su derecho conocer, o no, los resultados de la investigación. «Los pacientes dan su consentimiento en el 99,9% de los casos y cuando se les propone participar en un proyecto de investigación no sólo lo aceptan, sino que se muestran satisfechos de hacerlo», asegura López de Munain.

Con el visto bueno, se inicia el proceso puramente científico para obtener el ADN. Generalmente se lleva a cabo mediante una extracción de entre 10 y 30 centilitros de sangre. También se pueden utilizar otros tejidos, como saliva, piel o cabellos. Sólo los neurólogos del Hospital Donostia efectúan cerca de 500 extracciones al año con este fin. La sangre llega al laboratorio, donde se separan los componentes: por un lado, el plasma y por otro, las células. El resultado es el denominado pellet de células en un tubo de ensayo, de donde se obtendrá el ADN mediante una serie de procedimientos bioquímicos encaminados a romper las células.

La 'medusa' de la vida


Ya tenemos, limpia, con forma de medusa, reconocible a simple vista, la molécula del ADN, que en un siguiente paso es disuelta en una solución química y, o bien se guarda en una cámara especialmente habilitada, o se procede directamente a trabajar con ella. En este último caso, los científicos tendrán que seleccionar y amplificar la zona que interesa estudiar. Esto se hace mediante la aplicación de la técnica PCR (Polymerase chain reaction-Reacción en cadena de la polimerasa) con un aparato denominado termociclador.

El resultado permitirá llegar con precisión a uno de los múltiples genes que conforman el genoma humano. La 'fotografía' resultante se lleva a continuación a un secuenciador, un sistema informático que detectará con toda claridad la mutación del gen, en caso de que la hubiera.

Pero aquí no termina el proceso. Hay que asegurarse de que lo percibido se ajusta a la realidad, según explica López de Munain. «A veces encontramos una modificación en un gen, pero no podemos estar seguros de que sea la responsable del problema del paciente, porque podría ser una característica no patológica; así que debemos asegurarnos y sólo es posible mediante una validación». Para ello, será necesario tomar muestras de una población-control de entre 300-400 personas. Si la mutación aparece en esta muestra y, por tanto, se halla entre personas sanas, los investigadores deberán considerar que el resultado no es el esperado o por lo menos resulta dudoso. Si no aparece, entonces podrán albergar la esperanza que haber hallado el origen de la enfermedad, aunque todavía quedarían por llevar a cabo otros procedimientos funcionales para determinar que efectivamente esa alteración está causando el trastorno. «Es que a veces se complica el proceso de tal forma que atribuir la causalidad de una dolencia a una alteración genética es casi tan complicado como descubrir esa variación», explica el neurólogo.

En caso de que, efectivamente, culmine el trabajo con el descubrimiento de la mutación culpable de la enfermedad, los resultados son comunicados al paciente y difundidos a través de una publicación especializada. El descubrimiento permitirá, asimismo, el desarrollo de nuevas vías de tratamiento de la enfermedad y al donante de ADN le quedará la íntima satisfacción de haber contribuido a ello.



Lo más destacado

Líneas de investigación. Los investigadores del Servicio de Neurología del Hospital Donostia tienen desplegadas diversas líneas de investigación en las que precisan trabajar con el ADN de los pacientes donantes, según explica Adolfo López de Munain. La mayor parte de estos esfuerzos se centran en las enfermedades neurodegenerativas -Alzheimer, Parkinson o demencias-, en la epilepsia y en las distrofias musculares.